Preguntas
Durante muchos años creí que mi apellido era una equivocación administrativa.
Algo que alguien había escrito en un registro civil y que después nadie se había tomado el trabajo de corregir.
Mis padres se separaron cuando yo tenía apenas dos años.
Después de eso, los encuentros con mi padre podían contarse con los dedos de una mano y sobraban dedos. Cinco, seis veces tal vez. Algunas imágenes dispersas, una voz cada vez más lejana y muchas preguntas sin respuesta.
La historia del padre ausente fue creciendo alrededor de mí como crecen ciertas plantas en las casas viejas: silenciosamente, ocupando todos los rincones.
Mi vieja, que había tenido que cargar con todo, no contribuía demasiado, hablaba de aquel hombre como de un ejemplo de lo que no debía hacerse en la vida.
Creo que no lo hacía por maldad. Lo hacía desde la frustración de los sueños rotos, desde el cansancio del laburante/ama de casa/madre, desde la decepción, desde los años en que había tenido que resolver sola cada problema.
Y yo escuchaba.
Los chicos siempre escuchan.
Así fue como aprendí a desconfiar de un hombre que apenas conocía. Así fue como llegué a sentir vergüenza de un apellido que era mío antes incluso de saber escribirlo.
Con los años dejé de preguntar.
La ausencia se volvió costumbre.
Hasta se buscaron reemplazos para ese rol, que -años después- no estuvieron ni cerca a la altura de las circunstancias.
Hasta que una tarde cualquiera mi madre me contó que mi padre había muerto.
Yo había sido padre poco tiempo antes.
No hubo despedidas. No hubo conversaciones pendientes. No hubo una última oportunidad para entender nada.
La noticia cayó sobre mí con la extraña liviandad de las cosas que llegan demasiado tarde.
La vida siguió.
Trabajo, amigos, proyectos, preocupaciones. Las décadas fueron pasando como pasan los trenes cuando uno está distraído mirando por la ventanilla.
Y sin embargo, cada tanto, alguna pregunta regresaba.
No sobre lo que había sufrido yo.
Sobre lo que había vivido él.
Porque el tiempo tiene una costumbre curiosa: no borra las heridas, pero cambia el lugar desde donde se las mira.
Lo que antes parecía indiferencia empezó a parecerme fragilidad. Lo que antes era abandono empezó a llenarse de matices. No de justificaciones, sino de preguntas.
¿Qué había sentido durante todos esos años?
¿Habría guardado alguna fotografía?
¿Habría preguntado por mí?
¿Le habría dolido la distancia?
Nadie podía responderlo.
Los muertos tienen esa mala costumbre de llevarse las respuestas.
Una tarde, ya de grande, encontré una foto vieja en una caja olvidada. No era una gran foto. Estaba doblada en las puntas y el tiempo había desteñido casi todos los colores.
Me quedé mirándola largo rato.
Por primera vez no vi al hombre que se había ido.
Vi al hombre que se había perdido algo.
Y entendí que la ausencia había sido una tragedia compartida.
No igual.
No simétrica.
Pero compartida.
Entonces ocurrió algo extraño.
Después de tantos años de cargar enojo, reproches y versiones ajenas, sentí que ya no necesitaba dictar sentencia.
Porque algunas historias no terminan con culpables ni inocentes.
Terminan simplemente con seres humanos.
Guardé la fotografía en la caja y volví a cerrarla.
No porque quisiera olvidar.
Al contrario.
Porque finalmente había encontrado un lugar donde guardar aquel recuerdo sin que doliera tanto.
Y mientras apagaba la luz de la habitación, tuve una sensación difícil de explicar.
Pensé en aquel hombre joven que un día había sido mi padre. No en el ausente, no en el culpable de todas las historias que me habían contado. En el hombre. Apenas en el hombre.
Y por primera vez en mi vida, sentí que podía recordarlo sin enojo.
No porque hubiera encontrado las respuestas.
Sino porque, al fin, había dejado de necesitarlas.