Certezas
El Gordo Ferreyra apareció un jueves a la tarde en el bar de la terminal, como aparecen ciertas enfermedades y algunos recuerdos: sin aviso y con olor a humedad. El Turco Bargas lo vio entrar desde la mesa del fondo, donde estaba peleándose con un café lavado y un crucigrama del diario del domingo anterior. Tardó unos segundos en reconocerlo. No por la cara —que seguía siendo la misma mezcla entre sindicalista cansado y arquero suplente de liga santafesina— sino porque el Gordo caminaba distinto. Más lento. Como si ahora tuviera que pedirle permiso al piso. —Mirá vos... —dijo el Turco—. El último revolucionario de barrio Candioti. El Gordo sonrió apenas. —Y vos seguís pareciendo un empleado municipal infiltrado. Se abrazaron corto, incómodo, con esos palmoteos en la espalda que los hombres usan para evitar decir “te extrañé”. Pidieron una ginebra. Después otra. Y después una tercera, porque las primeras dos habían sido apenas para lubricar los silencios. Al principio hablaron de cosas ...